Escritos libres

Escrito libre · 2025

Crónica de una pintura.

La idea nació como nacen las plantas en las banquetas. De repente me encontraba solamente pensando en el pincel sobre el lienzo, un momento que lo imaginaba como realidad, podía saborear el pincel dejando el óleo como rastro de su paso, me sentía como nadie, solo quería pintar.

Ideaba unos mangos en mi cabeza y con trazos que delimiten aquello que se puede ver, siento colores en cada paso y cada que respiro como si aquellos mangos de volvieran parte de mí. Pasando unos minutos, ignoro los mangos para concentrarme en mí, se vuelve notorio mi poco interés por demostrar la naturaleza de aquellos mangos y mas notorio se vuelve mi deseo de pintar.

Este pensamiento no me deja en paz, me invade siempre y se manifiesta como el miedo que sientes cuando las cosas están por venir. Nadie tiene gusto de hacer lo que se debe y pocos saben aquello que se tiene que hacer y debo confesar que pertenezco a ambos, pinto sin brújula certera y soy esclavo de la persona que soy cuando pinto cuando el deber invade con mayor miedo que los placeres, sin el derecho de huir quedas atónito y resignado ante un lienzo en blanco que te mira, que te busca. Las preguntas no llegan solas y las embestidas surgen desde las entrañas.

Tomé tres mangos y como fruta tan amistosa me llena la mente de recuerdos infantiles, no busco nada especial más allá de su presencia, tomo lo perceptible y lo dejo en el frutero. Sus amarillos cálidos y reconfortantes ven en mí una insaciable hambre y con resignación me hablan y me consuelan como consuelan a los desvalidos cuya condición es irreversible, la eterna búsqueda. ¿A qué se dedica un artista?, más allá del éxito y aspiraciones materiales o la inmortalidad que algunos puedan alcanzar, ¿Cuál sería su trabajo? Si realmente caminamos sin brújula, con la intuición en la mano de encontrar un diamante, o algo aún más incierto, crearlo.

Mientras tanto, el miedo y la incertidumbre me rodea estando sin hacer nada en el sofá de mi cuarto, con la tormenta en la cabeza, me pregunto ¿Qué me motiva para pintar? Lo dejaré como pregunta, puesto que no encuentro la respuesta.

Tras varios días de meditación, me dispongo a sentir el olor del óleo disuelto con trementina dispuesto en mi paleta que ya guarda polvo, y mientras siento acogedor el frio cuarto ocupado de marcos y pinturas, es agradable el aislamiento de aquello que dejo atrás cuando la puerta se cierra. Mi mente se nubla y con el cuerpo cansado comienzan los primeros trazos, mis aspiraciones las reduzco a dejar en el lienzo mi necesidad de pintar, mientras los elementos importantes surgen por necesidad de mi alma que quiere ser inmortal en un pedazo de treinta y tres por cuarenta y un centímetros. Entre color y los trazos se disputan la prioridad y queda todo compuesto de forma satisfactoria, el egoísmo reina completamente y a los mangos solo los recuerdo porque de no ser por ellos no estaría pintando. El motivo de la pintura oculta la necesidad del pintura cuando realmente se vuelve más un pretexto para tomar los pinceles, al final no estoy acostumbrado a hacer las cosas solo porque sí.

Gesticulo con mi rostro y percibiendo el trabajo que me ha costado descifrar mis intenciones perceptibles para componer una pintura. Cuando mi intuición me hace una mala jugada con un color que reconozco fuera de tono, por lo que me pregunto hasta qué punto pinto yo y hasta que punto pinta lo que se esconde en mi intuición. Espero algún día dejar que mi intuición reine en cada cuadro, mis aspiraciones en el futuro las sintetizo en el valor de la pintura fuera del lenguaje dialéctico, no hay palabras que alcancen para describir aquello que solo los ojos pueden ver.

Hace días entre en un laberinto sin salida justo por esta razón, encontrar un significado del arte mientras que, el lenguaje y la compresión no alcanzan la totalidad de este pilar. En mi pintura busco alejarme lo más posible de las palabras que logren definirlo, una definición es una jaula, y mi arte debe ser libre. Acaso buscas entender el canto de un pájaro dijo Picasso cuando le preguntaron de su pintura, no soy Picasso pero funciona de la misma forma, un pájaro tampoco busca comprender sus propios cantos.

En momentos blancos llegan respuestas que me formulaba y concluyo que motiva la insatisfacción de mi pintura, el dimensionar el valor de mi arte más allá del verbo pintar. Cada cuadro vale la pena cuando lo estoy pintando, la soledad entre pinceles y música, las dudas de mis decisiones cuando me percato que no hay salida victoriosa, mientras solo haya verdad, y la resignación de que se pinta por necesidad.

Después de lógrame satisfactorio y cumplir con mi necesidad de pintor, como consecuencia busco encontrar en el espectador a lo que llamo “La marea”, que interpreto como el cumulo de emociones que te vibran cuando observas algo hecho un ser humano, arte. Sin necesidad de palabras que garanticen el valor de mi creación, no quiero indagar en motivos conceptuales para la creación de obras.

Mientras busco alejarme de discursos y palabras refinadas. Hoy escribo este intento de crónica porque soy fiel creyente que el arte es el ente donde se diversifican de los lenguajes, ¿Podría expresar esta crónica en una pintura?, imposible. Para cada rumbo hay una carretera.

Pinto cuando nadie me ve y escribo cuando nadie me escucha, porque esta crónica de mi pintura nace junto con ella. Con las intenciones más ambiciosas que un escritor pueda perseguir, el poder ilustrar esta vez el sentimiento de un pintor.

— Gracias por leerme.